Una abuela llamada Inés

La nieta de fin de semana del libro Buscando tesoros


Fachadas Guaapé, Antioquia, Colombia
Fachadas
Guatapé, Antioquia, Colombia

     San Gil se encuentra a un poco más de sesenta kilómetros al sur de Bucaramanga, a vuelo de pájaro o en línea recta. El bus a Bogotá hacía ese recorrido de asombrosos paisajes santanderianos, en algo más de dos horas de pronunciadas y cerrado curvas, vadeando el cañón de Chicamocha y deteniéndose al paso en San Gil.

En esa ciudad de ambiente relajado, con abruptas subidas y bajadas de calles adoquinadas y casas de vivos colores, la esperaba siempre cariñosa Inés, su abuela materna. Si ese fin de semana le tocaba pasarlo con sus abuelos paternos, entonces, tomaba la busetica desde San Gil y llegaba hasta Barichara en menos de otra hora adicional, cerca de la finca cafetalera donde vivían. Regresaba los lunes en la madrugada, y por lo hora tan temprana, se acomodada en su puesto, con su cabeza recargada contra su bolso escolar y dormía profundamente.
     La abuela Inés representaba una figura muy querida para la pequeña Dora. Ella poseía una gran capacidad de empatía y sabía tratarla como un alma amiga: ni como niña, mucho menos como adulta (pues no lo era, ninguna de ellas), sino como persona, afectuosamente y siempre con respeto.

     Constantemente alegre y cariñosa, la abuela había conocido tiempos muy duros en su juventud; en efecto, conocía el dolor en lo propio y, por lo tanto, era capaz de reconocerlo en los demás. Y Dora, en esos momentos sufría todavía la pérdida irreparable de su mamá, con quién mantuviera una relación tan estrecha en los pocos años que alcanzaron a compartir. Su abuela Inés fue el indispensable bálsamo de afecto para gradualmente, con ayuda del tiempo, sanar esa dolorosa herida en aquella tierna niña de infancia desafortunada.


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