Pa’ morirse… no hay prisa

Capítulo 3… Las cotorras de Chinandega


Tienda La Esperanza ciudad de León, León, Nicaragua
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ciudad de León, León, Nicaragua

—Pero abuelo, si yo no recuerdo tías con esos nombres tan raros. ¿Ya murieron abuelo? —pregunté extrañada (con esos nombres… de seguro las hubiera reconocido).

—De que murieron, eso lo podés tener por cierto. Solamente eso faltaría vos, imaginate las cotorras rondando las calles como si fueran las cotorras lloronas —interpuso riendo—. Mirá, cuando esto sucedió, yo tendría alrededor de siete años. La tal doña Claro, la mayorcita de las tres, ya andaba tranquilamente en los noventa y acercándose a los mil.

—¡Ya estaban muy viejitas! —contesté impulsivamente—, ¿vos, no lo creés así?

—¡Esas gallinas ya no se cocían al primer hervor! Eso que ni qué. Lo que pasa mija, cuando yo era un bicho como vos, en Chinandega no había apuro.  La vida no nos apuraba para nada, nadie andaba prisas, todo lo contrario… y pa’ morirse, ¡pues menos! Yo creo que algunas gentes como las famosas cotorras, hasta se les olvidaba que había que hacerlo, que ya les tocaba morirse para hacerle un hueco a los que veníamos llegando —contestó muy pensativo—. En cuanto a tu pregunta, la de si eran tus tías esas viejas… —Por un momento se quedó otra vez reflexionando e incorporándose, siguió con entusiasmo.


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