De los volcanes que tiran ceniza

Capítulo XI:     De los volcanes que tiran ceniza

El cráter           Latacunga, Cotopaxi, Ecuador

—En aquellos entonces no tan solo llovían cenizas, se podría decir que diluviaba de cenizas, bicha. Fue tanta la ceniza que se acumuló en las calles desgastando las llantas al circular los vehículos por ellas. Era tremendamente difícil andar en coche por las calles. Caminar por ellas era muy cerca de imposible y olvidate de andar en bicicleta. A los techos los llegaba a desplomar por su peso, flotando en el aire produciendo malestares en la garganta y pulmones, había cenizas por arriba, por debajo y hasta entre las cosas; salía en la sopa y hasta en el guisado. Vieras las camas que raspaban como si tuvieran arena, pero además, por su color negro todo lo manchaba a su paso. Estábamos todos totalmente hartos y cansados de las dichosas cenizas.

—Donde menos te lo esperabas vos, ahí también se depositaba la infame y miserable ceniza. La gente del pueblo, ya se había empachado de tanta ceniza. A sugerencia del cura, le ofrecieron hacerle su fiestecita a la Virgen, siempre y cuando, les ayudara a apaciguar al volcán. Una idea muy brillante, ¿no te parece? Pues de manera curiosa, si vos querés, pero se puso quieto el cerro. De esta forma nacieron las fiestas de la Gritería Chiquita, donde se le agradece a la Santa Virgen María, el milagrito de finalmente poder sentarnos a comer nuestro gallo pinto, sin sabor a cenizas y sin lastimarnos los dientes, mija.


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