De los funerales del abuelo Jairo

Capítulo XIV   De los funerales del Abuelo Jairo

La carroza fúnebre Calles de granada, Granada, Nicaragua
La carroza fúnebre           Calles de Granada, Granada, Nicaragua

—Mija, entonces… claro que vos sos familia —expresó a la par de un fuerte abrazo—. Mirá, te explico. Jairo más que de la familia, bueno, él es algo así como si fuera originario de Corinto. Cualquiera pensaría que nació ahí mismo, en el puerto, ¡va! Por el barrio donde yo vivía, todos lo conocíamos y bien. Ese Jairo siempre de buen humor, alegre el man y bueno para conversar de cualquier cosa. Allá en el puerto, entre la mara, ese Jairo era más querido y mucho más popular que los mismos Comandantes Sandinistas.

Cuando apenas era un sipote, comencé a ayudar a mi tata en la pesca (tendría tal vez unos siete años). En varias ocasiones, llegamos a salir juntos y después, al regreso de pescar, llegábamos a la casa a cocinar algunos de los pescados más grandes y más sabrosos. Nos quedábamos conversando y contando chiles hasta ya entrada la noche, va. También me contaba mi tata, que desde que era un sipote, Jairito llegaba al puerto todos los domingos, temprano por las mañanas andando en la bicicleta, la pura verdá. Iba a comprar el pescado y los mariscos para el restaurante elegantioso que tenía su mama. Puros duros llegaban a sentarse ahí adentro vos. Todos vestidos con trapos de lujo como si fueran artistas o de los famosos, ¡a la Gran Púchica! Y la mara le daba muy buenos precios con sus pescados y mariscos, tan frescos como lechugas recién sacadas del mar, lo trataban bien al bandido ese del Jairo.

Claro, todos lo querían mucho a ese sinvergüenza. Él a todos nos hablaba bonito y nos enamoraba haciéndonos sentir especiales, un pillo simpático, sí señor. Con toda la mara era camarada. Para todos tenía siempre una buena palabra y una de sus sonrisas. A nadie le hacía el feo y con todos la llevaba de lo mejor. Es más, él llegaba a la casa sin avisar como si fuera la suya. —No pude dejar de reír, pues conocía de sobra el carácter sociable del abuelo y me lo podía imaginar de niño, metido por todos lados y con toda la mara.


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